sábado, 19 de abril de 2014

los delfines también tienen su hora de comer



Ahora,
quienes emigran a América,
lo hacen en avión;
pero cuando era niño
fui en trasatlántico.

La despedida fue triste.
Seres queridos se separaron
con lágrimas desconsoladas.

El mar es inmenso
y se curva en el horizonte.

Después de comer no nos íbamos 
a echar la siesta;
mi abuelito me llevaba a popa,
para ver sobre el lienzo ondulado
del océano
saltar ansiosos a los delfines.

No era para menos
pues esperaban su festín: 

todo lo que había sobrado
en los dos turnos de comedor:

un pedazo de tarta,
las albóndigas que algún niño desganado
no quiso comer,
y quién sabe si algún besugo al horno
apenas comenzado...


tabletas de turrón




¡Ya está bien de ideas preconcebidas
y pensamientos obtusos!

No he sido yo mismo durante mucho tiempo.
Me he dado cuenta de ello al recordar aquellas
lejanas navidades.

Entonces llegó papá a casa,
una mañana,
con su gran cartera de trabajo
repleta de tabletas de turrón:

todas las variedades, todas las texturas,
todas las marcas y colores.

¡La vida ha de tornar a ser una sorpresa!

¡Aquella gran cartera de papá
repleta de sorpresas y sabores...!